Envidia

Don Hugo: Es pasar por delante de la estación del Norte y pensar en Salvador de Madariaga…

Don Víctor: ¿Cómo es eso, don Hugo?, ¿es que acaso fue aquí donde tomó el expreso camino del exilio?

Don Hugo: No, don Víctor, lo digo por aquello de que, según escribiera refiriéndose a la España decimonónica, “España era como una Francia que le hubiera salido mal al Creador”.

Don Víctor: Desde luego la estación es clavadita a cualquiera de las que dan servicio a las capitales departamentales de Francia.

Don Hugo: Pues eso… y nuestros bulevares y ensanches decimonónicos.

Don Víctor: Olvida don salvador ese Escorial igual de desmesurado que levantara Luis XIV en París, siguiendo en todo la traza de nuestro monasterio filipino.

Don Hugo: Muy cierto… ¡Los Inválidos!… pero reconozca usted que en todo cuanto se refiere a la moda y a la cosmética, accesorios y, en definitiva, a los artículos de París, los franceses siempre nos han marcado la pauta.

Don Víctor: Sí, pero antes, durante le época de predomino español, ¿no llegaban las francesas hasta morirse para ostentar un cuerpo bien “espaignolé”…

Don Hugo: ¡Montaigne!

Don Víctor: … de tanto apretar el talle?

Don Hugo: ¿Y qué son nuestros juguetes vodevilescos, nuestras operetas y revistas sino imitaciones directas del teatro francés?

Don Víctor: Don Hugo, ¿es que cree usted que sólo ha existido el siglo XIX? Porque le recuerdo que el teatro clásico francés, por mucho que se constriñera a las reglas aristotélicas, se rindió al espíritu de la escena española, mezclando el amor con los intereses de Estado y las venganzas, las conspiraciones y los parricidios.

Don Hugo: ¡El Cid de Corneille!… pero no me negará usted, don Víctor, que la Enciclopedia marcó un antes y un después entre la gente ilustrada, lo mismo en España que en cualquier otro país…

Don Víctor: Sí, pero antes, ¿quién sino Nebrija dio lecciones de latín a toda Europa con su incontestada gramática; quién como Vives no brilló con su saber de auténtico humanista; quién como Vitoria y fray Bartolomé de las Casas no abrieron el moderno debate sobre el derecho de gentes, precedente del Derecho Internacional; quién, como Mariana, con su derecho al tiranicidio, no abrió nuevas vías a la libertad del pueblo?…

Don Hugo: Sí, todo eso es indudable, pero luego el tremendo peso de la Inquisición ¡asfixió tantas inquietudes intelectuales!, convirtiéndonos ya por aquel entonces en “reserva espiritual de Occidente”.

Don Víctor: Qué duda cabe, don Hugo… ahora bien, no olvide usted hasta qué punto los teólogos españoles fueron adoptados como guías éticos por los más preclaros pensadores franceses tiempo atrás.

Don Hugo: ¡Desde las obras del franciscano Antonio de Guevara que tanto leyera el padre de Montaigne hasta las lecturas del mismísimo Pascal! ¿Y san Ignacio de Loyola y su Compañía no fueron el alma combativa de todo el catolicismo contra-reformista? Sí, claro, bien cierto es todo ello, pero tan indudable como que, modernamente, los franceses nos dan cien vueltas en cuanto a sus maneras, aptitudes diplomáticas y savoir faire.

Don Víctor: No obstante, ¡cuánto no admirarían nuestra lengua que, como constata Cervantes, “no había francés culto, mujer u hombre, que no aprendiera castellano”!

Don Hugo: ¡Lo hablaron Luis XIII, Luis XIV y hasta el cardenal de Richelieu!

Don Víctor: No hacían más que seguir el dictado del Emperador Carlos a los obispos franceses, que “mi lengua española es la más bella y debería ser reconocida por toda la Cristiandad”·

Don Hugo: ¡Cómo nos lo devolvió Bonaparte, que incluso media intelectualidad española se mudó en afrancesada!

Don Víctor: La risa va por barrios… o más bien por siglos. Recuerde usted que Bossuet hablaba, en una mezcla de admiración y terror, de la “redoutable infanterie” de los Tercios.

Don Hugo: Cuántos franceses en aquella época se las daban de valientes, envolviéndose en la capa española, pero, como escribe Rabelais, “en cuanto a su arrojo en nada son españoles”.

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