
Don Víctor: Dígame, don Hugo: ¿por qué esos tres y no, por ejemplo, Perseo y Jasón?
Don Hugo: Teseo se enfrentó al Minotauro, un monstruo, y Jasón, para hacerse con el Vellocino de Oro, hubo de someter a un toro sobrenatural y vencer a un ejército de soldados sobrehumanos, monstruos también al fin y al cabo. En cambio, David, Tristán y el Cid afrentan auténticos seres de carne y hueso. Además lo hacen en buena lid y sin recurrir a magias, añagazas o ayudas de poderosas féminas enamoradas.
Don Víctor: Ya entiendo, son más reales y proporcionados a nuestra condición. Aquéllos son seres míticos, mientras que éstos son históricos y, sin embargo, combaten al peor de nuestros enemigos. ¡el propio hombre!
Don Hugo: ¡Y vaya unos hombretones! Para que los proclamaran gigantes, ¡cómo no tendían que ser!
Don Víctor: Sí, muy bien, don Hugo, pero ¿por qué ha elegido usted el David de Verrocchio y no, por ejemplo, los de Donatello, Miguel Ángel o Bernini?
Don Hugo: Para que lo vea usted mejor, don Víctor: los dos últimos son demasiado adultos y ya desarrollados; en cuanto al de Donatello, artísticamente irreprochable, carece del dramatismo del escogido, que se nos hace tan real y tan presente. Todavía tiene rostro de doncella, a lo Botticelli, pero su mirada es ya la de un hombre.
Don Víctor: ¡Buena elección, don Hugo!, aparte de que cualquier razón es buena para volver a Florencia… sin embargo, nuestro buen Cid no tuvo que medirse a ningún Goliat.
Don Hugo: Bien jovencito era cuando mató al papá de Jimena, hombre de pelo en pecho, curtido en mil batallas, a quien todos temían. Y, por otra parte, no estaba todavía recién armado caballero también, cuando dio muerte en duelo a ultranza al campeón de Aragón, don Martín Gonzales, un invencible “gigante en fuerças y proporción”.
Don Víctor: Bien, bien, la Historia así lo constata, pero a eso voy, a la Historia… ¿Qué viene a hacer aquí ese otro jovencito, Tristán del Loonís, cuando es pura literatura?
Don Hugo: Eso es lo mejor de todo, que la literatura ha suplantado y enmascarado hasta ahora la historicidad de aquel maravilloso muchacho que salvara a Cornualles del yugo irlandés en combate singular con otro gigante, el Morholt.
Don Víctor: Ah, ¿pero eso es histórico?
Don Hugo: Tengo una propuesta que hacerle, don Víctor, que no podrá rechazar. He recibido un correo de Dupré, que está en Tintagel, en el que me transcribe la inscripción de un menhir funerario que prueba la más querida de sus teorías: que Tristán no sería más que la francesización del príncipe celta Drustans. “Drustans Hic iacet Cunomori filius”
Don Víctor: No siga. ¡Vamos para allá! Avise usted a Dupré.