
Don Hugo: Pero, don Víctor, según hablamos, no para usted de dar vueltas a mi alrededor cada vez más deprisa… ¿Qué tiene usted, hombre, si parece el segundero de un derviche?
Don Víctor: Perdone, don Hugo, no me había dado cuenta, pero ahora que menciona usted el segundero, le confieso que esta plática me está exacerbando una confusión que, ¡vamos!, que me tiene a punto de estallar…
Don Hugo: Es natural. En lo que se refiere al tiempo, está usted igual que yo: en la segunda fase de su conocimiento.
Don Víctor: Es verdad: cuando era niño, es que ni tenía noción del paso de las horas. No sabía en qué día vivía, si era por la mañana o por la tarde; no recordaba si ya habíamos comido o tocaba la merienda y siempre me sorprendía cuando me llevaban a acostar… pero ahora que percibo su carrera y la posibilidad de su fragmentación racional, que nos permite ser prácticos, sin embargo…
Don Hugo: … constantemente asoma la desazón: según el caso, se alarga o mengua irremediablemente, se distorsiona febrilmente, se agazapa angustiado, preñado de ominosos presagios, se detiene…
Don Víctor: Entonces, ¿quizás Freud llame a esto la “fase de la confusión”?
Don Hugo: ¡Pero qué Freud! Déjese usted de chanzas, don Víctor, y escuche: “Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente…”
Don Víctor: ¡Claro, hombre, San Pablo a los Corintios!… ¿cómo no había caído antes?, pero mire usted que con el espacio, no me ocurre lo mismo… y no me saque usted ahora a Kant y su “el espacio no es un concepto discursivo, sino una intuición pura“ porque lo mismo predica para el tiempo.
Don Hugo: Se ve que don Emmanuel Kant olvidaba los trompazos que de niño hubo de darse forzosamente con los muebles de su casa. ¡Toma intuición pura!
Don Víctor: Pero con qué dureza nos enseña el espacio quién es: a golpes cuando niños y, agotándonos con la distancia, de mayores.
Don Hugo: Tiene usted razón, don Víctor, qué distinto es el tiempo, escondido tan solapadamente, tan huidizo, tan deletéreo, prolongando nuestra angustia y robándonos los minutos de nuestro remedio. Dalí nos lo hace patente: el tiempo es blando, el espacio, duro.
Don Víctor: ¿Y no habrá manera de delimitar y controlar tan turbadoras e imprevisibles elasticidad e inconsistencia?
Don Hugo: Tendrá usted que seguir mirando el reloj a cada rato hasta que “veamos cara a cara” pues “ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí”.