Tatas

Don Hugo: Estaba releyendo anoche “La lozana andaluza” y luego quedé desvelado, lamentando la pérdida de aquel mundo, tan espontáneo, tan natural, tan tosco e ingenuo.

Don Víctor: ¡Tan lleno de sensualidad y de vida! Me enfadó a mí también que hayamos tenido que ser tan formales toda nuestra vida y que no haya habido medio de evitárselo tampoco a nuestros hijos ni a nuestros nietos.

Don Hugo: El caso es que cuando me tropecé con aquello de que los hombres, ante una hembra, se fijan de inmediato en sus pechos, me vino enseguida a la memoria algo que todavía había vivido yo mismo: lo mismito que decía nuestra tata Benita: “¿Qué mira el hombre a la mujer? ¡Las tetas!; ¿y la mujer al hombre? ¡La bragueta!”

Don Víctor: Yo recuerdo también las cosas que repetía nuestra tata Efigenia en relación con el comer. Cuando llegaba la hora, decía: “Vamos a hacer por la vida” y, al acabar: “Por hoy ya hemos comido, mañana Dios dirá”. Cuando nos cortaba una loncha de jamón, parodiaba la escasez vivida, poniéndola delante de nuestros ojos y preguntando: “¿Ves a padre?… ¡Ojalá no lo viera!”.

Don Hugo: Nuestra Benita censuraba siempre la holganza. Cuando veía a alguien sin hacer nada, le espetaba: “Mano sobre mano, como mujer de escribano” o “¿Qué, en la estación de Miranda?” Y también: “Ya viene la galbana por aquel cerro… A mí no me pilla, que ya la tengo”.

Don Víctor: Pues cuando nos hacíamos los remolones a la hora de levantarnos, Efigenia nos decía: “La madrugá´l pellejero: le daba el sol en el culo y creía que era un lucero”; o bien, sacudiéndonos, exclamaba: “¡Venga, que ya han pasado las burras de leche!”

Don Hugo: Luego pensé que incluso mis hijos llegaron a conocer todo aquel mundo que se translucía en los dichos de aquellas supervivientes de la España rural. “¡Come, alhaja!”, les gritaba con una brusquedad que ellos aprendieron pronto a interpretar como signo de cariño.

Don Víctor: Mis hijos también llegaron a conocer en casa a Efigenia. Cuando le pedían, después de comer, que los sacara a la terraza a jugar en la piscina inflable, su respuesta, a aquella hora, era invariablemente: “¡Ni piscina ni piscino!”

Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, cuando Dolores atravesó aquella mala racha en que cayó en depresión y se pasaba el día llorando en la cama y a oscuras?

Don Víctor: Sí, claro, don Hugo… ¡menuda preocupación! Julita y yo pensábamos todo el rato en ustedes.

Don Hugo: Entonces todavía vivía Benita, aunque fuera ya muy mayor. Tendría usted que haberla oído contestando al teléfono cuando preguntaban por la señora: “Está tumbá”, o bien “Está en su sitio”.

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