
Don Víctor: Buenos días, don Hugo, ¿sabe ya que…?
Don Hugo: No siga, don Víctor… ¡por fin su hija!… Si está todo muy claro: ha dormido usted estupendamente y el sueño se ha llevado todas aquellas aprensiones suyas… ¿A que se ha desayunado usted con un apetito como ya no recordaba? ¡Vamos, que está usted hoy tan entonado que se va a comer el mundo! ¡Enhorabuena pues, don Víctor!… Bien, estaba releyendo una vez más “Sueño y mito” de Karl Abraham y quería decirle que …
Don Víctor: Pero, dígame, don Hugo, ¿cómo ha podido usted saber todo de mí, tan acertadamente, si aún no le he contado nada?
Don Hugo: Dejemos eso ya… su voz lo dice todo: ha recuperado usted el timbre habitual con todo su metal; su fiato es otra vez prosódico y no entrecortado… ¡hasta arrollador casi!, ¡y qué firmeza!… sin asomo de trémolos involuntarios.
Don Víctor: ¡Cuánta razón lleva usted, don Hugo!
Don Hugo: Y falta lo mejor: recuperó usted el soporte diafragmático y desterró todo aquel ansioso staccato.
Don Víctor: ¡Lo ha captado usted al vuelo, don Hugo!
Don Hugo: Claro, gracias al teléfono, que ha evitado que se enmascare usted tras el gesto y la actitud corporal.
Don Víctor: A usted no le puedo engañar, pero es cierto que he estado muy mal estos últimos días.
Don Hugo: La emoción se retrata en la voz hasta confundirse con ella. Es que es el barómetro y el sismógrafo de nuestra vida afectiva. Cambia de color, se debilita o robustece, se transporta, se apaga hasta extinguirse…
Don Víctor: Afortunadamente, cabe la resurrección si las situaciones cambian.
Don Hugo: ¡Naturalmente!… hasta el punto de que la emoción obra el milagro de otorgar la voz a quien nunca la tuvo: el hijo del rey Creso, mudo de nacimiento, adquirió el habla para gritar: “¡Soldado, no mates a Creso!” cuando el verdugo de Ciro se disponía a precipitarlo en la pira.
Don Víctor: Es verdad, don Hugo. Recuerdo que allá por los años sesenta leí en el ABC que un jovencito egipcio, mudo también, a la vista de una turista rubia que se exhibía en bikini en una playa de Alejandría, gritó a los cuatro vientos: “¡Alá es grande!”, como el de la pira de Creso. (cantando:) “Di quella pira l´orrendo foco / Tutte el fibre m´arse, avvampò…”
Don Hugo y don Víctor (cantando:):” Empi, spegnetela / Ch´io tra poco / Col sangue vostro la spegnerò”.