
Don Víctor: Este Casanova no tiene desperdicio: cada vez que lo lee uno, encuentra cosas nuevas. Según avanzo en sus Memorias, me llama la atención el gran número de cojos que aparecen por toda Europa, sobre todo entre los nobles que él trata y, además, prácticamente todos intentan disimularla con mayor o menor acierto.
Don Hugo: Es que la poliomielitis, don Víctor, debió de hacer estragos… ¿Recuerda usted que en nuestra postguerra a aquella lacra se sumó la gran cantidad de “caballeros mutilados”?
Don Víctor: Claro, don Hugo, ¿cómo olvidar a aquel tullido de la calle Serrano, al que faltaban las dos piernas?
Don Hugo: Me contó mi hermano Luis algo muy gracioso en aquellos años en que trabajó para la OMS. Tuvo que atender y acompañar a un colega japonés que me presentó un día. Como buen nipón, era la persona más educada del mundo. Igual que a usted con su lectura de Casanova, a él no le pasaron desapercibidos los muchos cojos con que se cruzaba por las calles de Madrid. Al tercer día de gestiones por la capital, le dijo a mi hermano: “He observado que en España hay muchos cojones”.