
Don Víctor: Ahora que empieza a amanecer, se ve la línea de costa, tal y como habíamos previsto.
Don Hugo: Me estoy preguntando qué pasaba por las cabezas de los conquistadores cuando avistaban por primera vez estas tierras.
Don Víctor: Sobre eso mismo reflexionó Salvador de Madariaga: aquellos barbados tenían presentes las historias que se contaban en sus casas de la conquista de Granada, donde estuvieron muchos de sus padres. Y, por otro lado, ¿qué otras lecturas les ocupaban con mayor deleite que las novelas de caballería?
Don Hugo: Ellos mismos se vieron convertidos en caballeros andantes… “que ningunas escrituras que están escritas en el mundo ni en hechos hazañosos humanos, ha habido hombres que más reinos y señoríos hayan ganado como nosotros, los verdaderos conquistadores, para nuestro rey y señor”
Don Víctor: ¿Esto es de Bernal Díaz del Castillo, verdad, don Hugo?… es que me dice usted que es del Quijote y me lo creo.
Don Hugo: Si es que, para colmo, los malvados de las novelas -ogros, caballeros felones, gigantes, nigromantes, mujeres pérfidas, encarnaciones de Satanás- hallan su réplica en las torpezas y crueldades de algunos pueblos indígenas, con sus caciques traidores, sus sodomitas que “se embudan”, su antropofagia, sus venenos, sus rituales sangrientos, esas extracciones de corazones aún palpitantes…
Don Víctor: Su misión entonces se les antojaba muy clara: restablecer el orden natural y las leyes de Dios.
Don Hugo: Para Fernández de Oviedo, la proeza de Colón supera a la del mismo Heracles: ¿qué es el estrecho de Gibraltar comparado con la anchura del océano?
Don Víctor: ¡Hay tantas cosas maravillosas de las novelas de caballería que se hacen realidad en aquellas tierras!
Don Hugo: El País del Preste Juan se adivinaba cerca a partir de las noticias indígenas sobre una fuente de eterna juventud…
Don Víctor: …una comarca en que al cacique se le recubre de oro cada año… un país donde el oro abunda tanto como el agua.
Don Hugo: Sí, don Víctor, y otra tierra poblada por gigantes patagonios que se protegen de los rayos solares a la sombra de sus grandes pies alzados…
Don Víctor: … y magos que exhalan humo por bocas y narices.
Don Hugo: Hay una ínsula enseñoreada por bellísimas mujeres flecheras que dan muerte a los hombres.
Don Víctor: ¿No da Calafia, reina de las Amazonas en “Las Sergas de Esplandián”, su nombre a California?
Don Hugo: Fabulosas criaturas del bestiario medieval: lagartos gigantescos y osos hormigueros…
Don Víctor: … peces voladores y oseznos perezosos que cantan según la escala musical…
Don Hugo: … pero también monos aulladores…
Don Víctor: … el agua de una fruta inmensa y acorazada con el aspecto de un coco, que es filtro que otorga la beatitud a quien la beba.
Don Hugo: Y qué decir de aquel lugar encantado de la Nueva España en que crecía “un árbol que en medio de la siesta, por recio sol que hiciese, parecía que la sombra del árbol refrescaba el corazón y caía de él como rocío muy delgado que confortaba las cabezas”.