Estremecimiento

Don Hugo: Pero, don Víctor, si está usted sudando, jadeante, pálido… es cierto que el ambiente de la sala estaba muy cargado… Habría que quejarse a la Superintendencia de la Galería Uffizi… ¿Quiere usted que nos acerquemos a una casa de pronto soccorso?

Don Víctor: No es eso, don Hugo… y ya se me está pasando… Debería usted imaginárselo. Me ha atacado de manera fulminante el estremecimiento del arte.

Don Hugo: Déjeme usted que le mire la nuca, don Víctor…. ¡Lo que me temía! Completamente erizado el vello, tal y como describe Konrad Lorenz hablando de los primates superiores y su capacidad para una emoción cuasi humana ante algo que los supera.

Don Víctor: Y qué paradoja, ¿verdad, don Hugo?, que Goethe identifique este “estremecimiento ante lo enorme” como lo mejor de lo humano.

Don Hugo: La reacción que ha tenido usted está completamente justificada y revela su extraordinaria sensibilidad. Sobre la atracción irresistible que le han inspirado las obras maestras, ha acabado por imponerse el temor al tremendum… se trata de esa ambivalencia emocional que tan bien describe Rudolf Otto.

Don Víctor: Disculpe usted, don Hugo, pero necesito llorar…

Don Hugo: ¡Venga usted a mis brazos, compañero esteta!… si aún va a acabar usted por contagiarme esa temblequera ante la “majestad”.

Don Víctor: Ya me he calmado algo, pero ¡qué escalofrío que siento!

Don Hugo: ¡Escalofrío! El término que emplea el maestro Kraus y que, por desgracia, pasa desapercibido cuando le entretienen preguntándole por la técnica.

Don Víctor: Eso son los filisteos que no encuentran más que la descripción de los medios objetivos imprescindibles, pero no suficientes, para alcanzar esa transfiguración que nos regala el verdadero artista.

Don Hugo: ¿Recuerda usted lo que contaba Victoria de los Ángeles a propósito del “Werther”?

Don Víctor: ¡Claro, cómo olvidarlo!… que, cuando cayó el telón, allí se quedó abrazada con Kraus, llorando los dos.

Don Hugo: Cómo lamenté que no me acompañara usted a la corrida en que Julio Aparicio hijo cuajó una faena tan sublime que acabó llorando y casi se desmaya tras la estocada. ¡Aquello fue todo un delirio!

Don Víctor: Claro, tenga usted en cuenta cómo Berenson afirma que la auténtica obra de arte supone para el espectador un constatable aumento de vitalidad.

Don Hugo: ¡El entusiasmo del espectador sigue al estro del artista!

Don Víctor: En definitiva, don Hugo, que todo esto viene a ser un mentís empírico a Auguste Comte: por mucho que se analice, cuantifique, escriba y defina, la Razón siempre se quedará corta para explicar lo inefable. ¡El misterio existe!

Don Hugo: Esto es como el amor. Si ya lo dijo Lope: “Quien lo probó, lo sabe”. No se puede demostrar… al fin y al cabo, el arte es sublimación de la energía sexual.

Don Víctor: Comprenderá usted ahora por qué insistí tanto en que viniéramos usted y yo tan temprano sin las señoras… me temía que me pudiera ocurrir esto y no quería que me vieran así.

Deja un comentario