
Don Hugo: Antes leíamos a Salgari y ahora los chavales se conectan en Internet con otra pandilla a la que no conocen y se tirotean en escenarios devastados para aniquilarse mutuamente.
Don Víctor: Siempre parecidos juegos bélicos con que se estimula a los niños, como si formáramos todavía parte de sociedades guerreras.
Don Hugo: Nunca han faltado buenas razones para justificar el riesgo, la aventura, agrediendo al prójimo o al remoto. Acuérdese usted, don Víctor, del rapto de las Sabinas, por aquello de que los romanos necesitaban convertirse en un pueblo numeroso para no sucumbir en el peligroso mosaico itálico.
Don Víctor: ¡Y a quien le amarga un dulce, don Hugo, con lo guapas que fueron siempre las Sabinas!
Don Hugo: Qué duda cabe que en la base de toda empresa guerrera palpita un impulso erótico.
Don Víctor: ¡Atiza, si lo sé no digo nada, que ahora me va a sacar usted a Freud!
Don Hugo: No se preocupe usted, don Víctor, que por una vez no le voy a llevar a Viena. En esta ocasión nos quedaremos en Madrid, que era donde escribía don Benito. Según él, las guerras y revoluciones son movimientos instintivos de los pueblos en busca de mujeres.
Don Víctor: O sea, don Hugo, que, según eso, Cortés, Pizarro, Orellana y hasta el mismísimo Aguirre, so capa de evangelizar, ganar tierras para el rey y aportar tesoros para mayor gloria de Dios, lo que realmente anhelaban eran las obsequiosas Malinches.
Don Hugo: Sí, don Víctor, en realidad, sin saberlo, inconscientemente, iban en busca de la mujer, de manera tan instintiva e imperiosa como aquellos centauros arramplando con las mujeres de los Lapitas.
Don Víctor: Ahora creo que entiendo mejor eso de Alejandro Dumas: “Cherchez la femme”.
Don Hugo: Y eso no es más que la tradicional perspectiva masculina, pero hora es de que se publique este fenómeno desde el otro sesgo: “Cherchez l´homme”.
Don Víctor: Habrá que investigar si eso llega a reivindicarlo Simone de Beauvoir.