
Don Víctor: Ya fue mala pata que se nos muriera el viejo profesor habiendo aplazado varias veces la audiencia que teníamos concertada.
Don Hugo: Fue una lástima porque la idea era muy buena y los alcaldes que siguieron fueron todos inasequibles.
Don Víctor: Imagínese una mañanita de diario en la Plaza Mayor o en la misma Plaza de la Villa y un actor bien dotado vocalmente recitando como se debe aquellos floridos bandos del alcalde…
Don Hugo: ¡Si hasta habrían sido toda una atracción turística!
Don Víctor: Don Hugo, ¿ha oído usted el pregón gitano por Manolo Caracol?
Don Hugo: Claro, don Víctor, el que encarece las virtudes de la uva de Los Palacios.
Don Víctor: Es todo un mundo el que se nos ha ido. El ruido del tráfico y la megafonía ahuyentaron los ancestrales pregones de viva voz.
Don Hugo: Hoy en día, el único pregón que subsiste es el impersonal, frío y pregrabado de la furgoneta del tapicero.
Don Víctor: En los mercados parece como si les diera vergüenza gritar…
Don Hugo: Han perdido la alegría y la frescura que les eran propias.
Don Víctor: Yo es que creo que los tenderos ya ni saben levantar la voz espontáneamente a los resonadores naturales, como hacía también la gente de los pueblos acostumbrada a hablarse a distancia.
Don Hugo: Es lo que va del ciego que recitaba romances al empleado de la Once, silencioso y triste en su garita.