Virginidad

Don Víctor: Hoy, don Hugo, quiero ser yo quien le ponga a usted en un compromiso. Dígame en qué consiste el error mitológico del carro de la diosa.

Don Hugo: Para mí está bien claro, don Víctor. No es tal triunfo el de Cibeles sobre su carro cuando lo conducen dos leones, fieras indomables, Eros y Thanatos, es decir la naturaleza ingobernable que jamás se plegará al yo consciente y racional.

Don Víctor: Usted, don Hugo, me habla del escultor Freud y de Eros y Thanatos, pero resulta que el autor del diseño es Ventura Rodríguez y que los leones son Atalanta e Hipómenes. El error al que apunto es de orden mitológico .

Don Hugo: ¡Canastos!

Don Víctor: El fallo consiste en que Michel, el encargado de labrar los leones, esculpiera dos machos cuando Atalanta debiera ser leona.

Don Hugo: Pues mire usted que el buen Michel, o seguramente el más erudito Ventura Rodríguez, no olvidaron la fuerza de aquella heroína virginal, que la equiparaba al más vigoroso y raudo de los varones.

Don Víctor: ¡Atiza!

Don Hugo: Considere usted otro caso, don Víctor, éste extraído de la mitología germánica: la reina de Islandia, Brunilda, que sólo es doblegada haciéndole trampas y, así y todo, con suma dificultad. Y es que la virginidad femenina queda asociada, en las culturas antiguas, no sólo a la pureza, sino también a la invulnerabilidad y a la fuerza.

Don Víctor: ¡Ah, don Hugo, ahora comprendo el contexto mítico-simbólico de ese relato de Jules Supervielle, en que aquella muchachita con inmaculada, tersa y firme voz de violín, un buen día, de repente, pasa a hablar como cualquier otro mortal y entonces la familia adivina…

Don Hugo: … que ha dicho sí a su galán, para, puedo imaginar, consternación de la madre.

Don Víctor: He de reconocer que lo que parecía un error mitológico era un acierto psicológico.

Don Hugo: Si es que Freud… ¡qué pocas veces me falla!

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