
Don Víctor: Está la Gran Vía como nunca, don Hugo, ahora que han terminado de arreglarla. Desde chico me gustó este escaparate siempre moderno y optimista.
Don Hugo: Incluso en los años cuarenta, nos parecía el colmo del cosmopolitismo.
Don Víctor: No hay nada igual en España. ¡Si es que es Nueva York en Madrid!
Don Hugo: Lo malo, don Víctor, es que no se puede hacer una tortilla sin cascar huevos. Asómese usted a esta bocacalle. Dígame si no parece la boca del lobo.
Don Víctor: Es cierto: la política de relumbrón siempre se queda corta en sus reformas y descuida lo que no está a la vista.
Don Hugo: Ojalá fuera sólo eso. Estas altísimas murallas de edificios tan ambiciosos, y algunos bellos, echan su sombra sobre el caserío del contorno, condenándolo a la degradación…
Don Víctor: ¡Pobres personajes de Chueca que se reían de la modernidad y del esnobismo de los cursis, a punto de ser aplastados por el progreso!
Don Hugo: Para mí es el más grandioso ejemplo de potemkinismo.
Don Víctor: ¿Qué tienen que ver aquí Eisenstein y su acorazado?
Don Hugo: No, me refiero al ministro aquel de Catalina la Grande que, cuando la zarina se desplazaba por el Imperio, disponía a lo largo de su ruta bellos decorados que disfrazaran las míseras aldeas con simulacros de basílicas, fortalezas, palacios, graneros y molinos.
Don Víctor: Aquí al menos nos reímos, pero a los pobres mujiks me los imagino llorando a la sombra de aquellas escenografías.