
Don Hugo: ¿Sabía usted, don Víctor, que nos hemos quedado hechos un par de tontos, usted y yo?
Don Víctor: ¿Cómo es eso, don Hugo?, ¿qué me dice usted?
Don Hugo: Usted lo sabrá de primera mano, que estuvo compartiendo mesa y manteles con el belga del Real…
Don Víctor: ¡No me hable usted! Menudo compromiso… ¡si yo no quería ir!
Don Hugo: ¡De ninguna manera!…Usted era el que tenía que estar allí, que es el que más sabe.
Don Víctor: Menos que usted.
Don Hugo: El que no pintaba nada allí, era ése…
Don Víctor: Pues no se lo pierda, estuvo repitiendo durante toda la cena aquello de los “espectadores inteligentes”.
Don Hugo: Sí, lo que leí en la prensa… En definitiva que quien no guste de sus montajes rutinariamente provocadores o de sus incorrecciones políticamente correctas, ése es un tonto redomado.
Don Víctor: Sí, si me estoy acordando ahora de las risitas complacientes con que se acogió aquello de que desde luego él no pensaba, ni por asomo, montar cosas como la “Aída” de Verdi.
Don Hugo: Pero vamos a ver, don Víctor, ante ese desdén ¡que clama al Cielo! y esa estulticia, ¿cómo pudo usted contenerse? Vamos, yo estoy allí… ¡y la armo!
Don Víctor: Bueno, yo estuve correcto… pero frío.
Don Hugo: Don Víctor, ¡no esperaba menos de usted!