El síndrome de Clermont-Ferrand

Don Víctor: Labrada en bloques de basalto, negra como una novela gótica…

Don Hugo: Reconozco que impone algo.

Don Víctor: … erizada de gárgolas a punto de despeñarse o de alzar el vuelo…

Don Hugo: Sí, son espectaculares, la verdad, pero quizá… ¿algo efectistas?

Don Víctor: … parece como si aullaran…

Don Hugo: Ya, don Víctor, pero como no me tienen que gustar…

Don Víctor: Si yo creía que esta catedral le encantaba, don Hugo. A mí, además, me trae muy buenos recuerdos.

Don Hugo: Sí, pero como en ella todo es falso…

Don Víctor: ¿Por qué dice usted eso, don Hugo?… ¿qué impresión sacó usted de nuestra conversación de hace treinta años, en este mismo sitio?

Don Hugo: Pues qué va a ser… ¡que no me tenía que gustar! Que todo eran figuraciones de Viollet-Le-Duc y pastiches de sus discípulos.

Don Víctor: Me temo que debí de mostrarme yo demasiado crítico ante su entusiasmo en aquella ocasión…

Don Hugo: Pero entonces, don Víctor, en qué quedamos: ¿Me tiene que gustar o no me tiene que gustar? Aclárese usted de una vez…

Don Víctor: Perdóneme usted, don Hugo: la estructura de la catedral es original; sin embargo, la decoración es, en su mayor parte, recreada por los restauradores del siglo XIX.

Don Hugo: También esa corona de gárgolas al borde del abismo y ululando a los cuatro vientos… ¿todo falso?

Don Víctor: No lo sé a ciencia cierta… mejor no investiguemos… en cualquier caso, antiguas o modernas, a mí me estremecen.

Don Hugo: El caso es que lo tengo tan profundamente grabado, que no sé yo si ya podré liberarme de éste que yo  llamo “Síndrome de Clermont-Ferrand (que no me tiene que gustar)”.

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