La Sierra

Don Víctor: Y mire por detrás cómo se asoma la Sierra.

Don Hugo: Desde aquí la vemos completa.

Don Víctor: ¿Usted cree de verdad, don Hugo, que los madrileños la aprecian?

Don Hugo: No sé qué decirle, don Víctor, porque parece que presumamos de ella más de lo que la disfrutamos.

Don Víctor: La verdad es que de ahí nos llega el frío, ese relente que no apaga un candil y mata a un cristiano.

Don Víctor: Por eso Madrid intenta orientarse hacia el calorcito que nos llega del Sur.

Don Hugo: Pues eso ha sido una bendición porque es lo que la ha preservado, algo impensable tan cerca de la capital.

Don Víctor: Sí, si hasta las casitas de la Sierra se quedaron a medio camino…

Don Hugo: Al fin y al cabo los excéntricos del Club Alpino fueron cuatro gatos y no la estropearon mucho.

Don Víctor: Como los de la Institución Libre de Enseñanza…

Don Hugo: Créame usted, don Víctor, los parajes que pateara el Arcipreste, ahí siguen tal cual.

Don Víctor: Pero sin serranas.

Don Hugo: Los que eligió Felipe II y los que pintó Velázquez.

Don Víctor: Y del agua de Lozoya, ¿qué me dice usted?… No hay agua mineral como ésa en todo el mundo.

Don Hugo: Agua bendita.

Don Víctor: Aunque ya, por desgracia, no sea la misma.

Don Hugo: Vamos, que con esto de la Sierra es como en aquella copla, que “ni contigo ni sin ti”.

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