
Don Víctor: Ahora llaman debate a cualquier cosa. Reúnen en el plató a cuatro personajes de diverso pelaje, a ser posible pintorescos y les ponen a discutir sobre lo que sea.
Don Hugo: Sí, sí, y no se lo pierda usted, don Víctor, lo mismo vale la opinión de Massiel que la de Menéndez Pidal sobre las hijas del Cid.
Don Víctor: No, no, don Hugo, que puede más la de Massiel, con ese vozarrón de contralto y ese remango que tiene.
Don Hugo: ¿Y qué decir del rigor de los argumentos, la precisión en el lenguaje, el acotamiento del tema, el respeto a los turnos de palabra, la ponderación en el juicio?
Don Víctor: Esos programas nos llevan actualmente a una verdadera regresión intelectual. Ya no sabemos discutir en España.
Don Hugo: Bueno, bueno, don Víctor, no nos engañemos, que la cosa viene de antiguo. Estos señores de la barbería, que se están riendo y llevan tantos años viendo entrar y salir gente, me darán la razón.
Don Víctor: Es verdad, ¡lo que no habrán oído ustedes!
Don Hugo: Sin ir más lejos, me contó mi padre que en un mitin al que asistió durante la República, había un tipo que constantemente interrumpía a los oradores reclamando ¡“controversia”! a voz en cuello…
Don Víctor: ¡Hombre, aquella “controversia” que se suscitaba tras de los discursos!… ese diálogo final entre miembros del público y los políticos, ahora no lo hacen…
Don Hugo: El caso es que al final se le cedió la palabra al voceras aquel y ¿sabe usted qué dijo?… “¡Me cago en tu padre!”