Belleza

Don Víctor: Hombre, don Hugo, que me diga usted que unos rectángulos de Mondrian son la cima de la belleza en la pintura del siglo XX…

Don Hugo: Si es que en realidad la pintura ya no se ocupa de eso.

Don Víctor: ¡Pues anda que la escultura!

Don Hugo: Lo más bello habrá que buscarlo en una máquina…

Don Víctor: … o en un edificio…

Don Hugo: el Maserati que tanto les gustaba a nuestros padres…

Don Víctor: …un avión supersónico…

Don Hugo: … los rascacielos de Manhattan…

Don Víctor: ¡Caramba, qué agresivo es todo!… Si al final iban a tener razón los futuristas…

Don Hugo: Lo que no es violento, no es bello.

Don Víctor: Hay, sin embargo, un objeto -arte aplicado desde luego- de una belleza y amabilidad que se las tiene tiesas al pasado.

Don Hugo: No me diga, don Víctor, ¿del siglo XX?

Don Víctor: Es muy corriente además.

Don Hugo: No me irá a salir usted con la cafetera Salvarani, ¿verdad?

Don Víctor: Es el vestido femenino, el que vino en los años 20 y se quedó. ¡Afortunadamente!

Don Hugo: ¡Cuánta razón lleva usted, don Víctor! Es sencillo, ligero, sigue la silueta natural, la colorea y la adorna con el vuelo de la falda.

Don Víctor: Me acuerdo de una película francesa de aquéllas de arte y ensayo en que una pareja cruzaba a la carrera una plazoleta de París. Ella era un encanto corriendo con su vestidito, de la mano de su novio.

Don Hugo: Es cierto. Ya he olvidado qué película era. De hecho, como usted, don Víctor, sólo recuerdo aquel plano.

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