
Don Víctor: No me cabe en la cabeza, don Hugo, que siga usted defendiendo a Raphael.
Don Hugo: Lo defiendo porque me gusta: es el único cantante moderno que daba does de pecho.
Don Víctor: En eso, don Hugo, lleva usted razón, porque los de Al Bano, ¿de qué eran?
Don Hugo: Siempre cantaba a pleno pulmón, sin temor y sin escatimar.
Don Víctor: Y fue así cómo quemó su voz.
Don Hugo: Eso es cierto, pero mientras pudo, cantó de verdad.
Don Víctor: De verdad, de verdad… Qué quiere usted que le diga, don Hugo…
Don Hugo: Pero qué pretende usted, don Víctor, ¿qué cante como Alfredo Kraus?
Don Víctor: Hombre, tanto no se debe pedir, pero no me negará usted que cantó siempre engolado, para adentro, con un sonido muy cubierto, ¡tanto! que no era abierto.
Don Hugo: Reconozco que era bastante afectado…
Don Víctor: Y cuando gastó la voz, sólo le quedaron esos amaneramientos.
Don Hugo: Ahora bien, me concederá usted que tenía un tanto por ciento en común con Kraus.
Don Víctor: ¿De verdad me quiere usted comparar la gimnasia con la magnesia?
Don Hugo: Uno y otro siempre llevaron la expresión a una intensidad límite, hasta el borde del abismo.
Don Víctor: Y Raphael se despeñó.
Don Hugo: Esta vez, don Víctor, me parece a mí que se sale usted con la suya porque bastante de eso hay, aunque me pese: allá en el fondo se nos quedó Raphael.
Don Víctor: ¡Qué gusto da discutir con una persona con la que se está de acuerdo en el 95%!
Don Hugo: ¡Toma, es que si no, yo no me peleo!