
Don Hugo: Qué profundo se vuelve el suelo, cuando uno encuentra la boca de un hormiguero… Insondable y piranesiano mundo subterráneo…
Don Víctor: ¡Admirables y sacrificadas hormigas!…
Don Hugo: Sí, pero ¡qué corazón tan duro para con sus vecinos!
Don Víctor: No me irá usted a salir ahora con lo de las cigarras…
Don Hugo: Pues precisamente, don Víctor. Si las hormigas cultivan la tecnología, las cigarras se entregan al Arte.
Don Víctor: En eso no le quito a usted razón, don Hugo: las hormigas son puro filisteísmo, pero ¡niégueme usted que la bohemia de la cigarra no llegue a ser irresponsable!
Don Hugo: Aunque luego, al primer copo de nieve, bien que se arrepiente y, muy compungida, vaya a llamar a la puerta del hormiguero. “Vous chantiez?”, pregunta la hormiga. “Et bien, dansez maintenant!”
Don Víctor: ¡Qué mal le supo al hermano hormiga la acogida del padre al hijo pródigo!
Don Hugo: Son muy difíciles y desairados, siempre insatisfactorios, esos equilibrios deseables en todas las cosas importantes. Siempre nos creemos que estamos pecando por exceso o por defecto.
Don Víctor: Hombre, me concederá usted, don Hugo, que en los últimos tiempos nos hemos dado al puro cigarrismo… en la educación en casa…
Don Hugo: … en la enseñanza…
Don Víctor: … en los créditos fáciles para todo…
Don Hugo: … en la incitación desaforada al consumismo más desatado…
Don Víctor: … en las políticas de relumbrón…
Don Hugo: No, si al final todas nuestras simpatías, en exclusiva, van a pasar de la cigarra a la terca hormiga.
Don Víctor: Más que simpatía, la hormiga, como la cigarra, me despiertan piedad en estos momentos, igualadas en su desvalimiento ante esta plaga de langostas, venidas de Dios sabe dónde, que arramplan con todo.