
Don Víctor: Vísceras, tripas, tendones, huesos… me parece estar ante un enorme hombre clástico.
Don Hugo: Recuerdo el que teníamos en el laboratorio del Instituto para que montáramos y desmontáramos los principales músculos y órganos. Y siempre había algún gracioso que le colocaba un sobrero en la cabeza y un cigarrillo en la boca.
Don Víctor: Mi profesor de Ciencias, lo primero que hacía al entrar en clase, era colocar su gabardina sobre el esqueleto. Lo veíamos así simultáneamente vivo y muerto.
Don Hugo: El caso es que toda esta maquinaria en funcionamiento y sin cubrir con púdicas fachadas, le quita al edifico ese estatismo de mausoleo de la arquitectura monumental y nos lo acerca a un tratado de fisiología. Es una arquitectura de lo vivo y por tanto de lo mortal y efímero, una arquitectura que necesita constante mantenimiento pues se aja enseguida.
Don Víctor: No deja de ser una retórica más, como en todas las épocas.
Don Hugo: Es cierto, don Víctor. Para qué otra cosa se elevó la pionera Torre Eiffel, que no sirve para nada más que para proclamar el nuevo discurso arquitectónico.
Don Víctor: Brutalista avant la lettre.
Don Hugo: Si en realidad ocurre lo mismo con el vestido, sobre todo con el femenino.
Don Víctor: Hasta la Guerra del 14 se sucedieron las modas más estrafalarias con tal de llevar rigurosamente empaquetadas a las señoras, pero después todo ha sido un progresivo aligerar las fachadas, abrir transparencias, mostrar estructuras, volúmenes anatómicos y elementos de la ropa interior.
Don Hugo: La primera en darse cuenta fue George Sand. Si quería vivir, debía salir del sarcófago del decoro femenino y vestirse de hombre…
Don Víctor: Don Hugo, ¿cómo era aquel schotis de la tobillera?… Sí, hombre, el de la “Garçon”, del maestro Guerrero… ¡Ah, sí!…(cantando:) “Tobillera, tobillera
Ya te has hecho rodillera…
Don Hugo y don Víctor (cantando:) … pero al paso que vas
De fijo acabarás
Siendo muslera
Muslera ¡o algo más!”