Tu pupila azul

Don Hugo: Tiene razón Juan Ramón al afirmar que la poesía española moderna no puede explicarse sin Bécquer… ahora bien, ¿no le parece a usted, don Víctor, que a los poetas, con aquello de su vuelo y su inspiración por encima de los mortales, se les consienten demasiadas licencias?

Don Víctor: No se deje usted engañar por las apariencias, don Hugo, que no conozco mortal más mortal ni que ponga más en evidencia su propia mortalidad que un poeta.

Don Hugo: Se lo concedo, don Víctor… pero, ¿y aquello de “mientras clavas en mi pupila tu pupila azul”?… Con eso de que la poesía es connotativa, se le permite todo, incluso confundir pupila e iris. Lo que yo digo: Bécquer, diez en poesía y cero en oftalmología.

Don Víctor: Admito que si tuviera conjuntivitis, no se me ocurriría acudir a la consulta de don Gustavo Adolfo, pero tenga usted en cuenta la proximidad del iris a la pupila. Cómo, de alguna manera, forma un todo con ella, que es su centro. ¿No iba acaso vestida de azul la pupila de aquella muchacha?

Don Hugo: Sí, claro, es verdad… es algo así como, por ejemplo, lo del Príncipe Negro, que no era precisamente senegalés… Ahora que lo pienso, qué bien lo vio Modigliani, diluyendo el azul del iris por todo el globo ocular.

Don Víctor: ¡Ojos de ciego!… Y los ojos de los santos extáticos del Greco, que se licuan como si padecieran todos de cataratas… En cualquier caso, don Hugo, sólo conocemos el iris de aquella muchacha y ya sabemos que es la más adorable de las criaturas. Eso sí que son connotaciones.

Don Hugo: ¡Vaya, don Víctor, que al final Bécquer ha conseguido que también a nosotros no encandile la niña de sus ojos!

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