Lumbreras

Don Hugo: Don Víctor, ¿le ha dado algo? Parece usted ese personaje de Tolstoï que se tumba a contemplar la noche estrellada después de la batalla y siente el vértigo de su pequeñez.

Don Víctor: Estaba acordándome de aquello que dice San Pablo de las lumbreras…

Don Hugo: ¿en la segunda a los filipenses?… ¡Qué bonito! «Brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir».

Don Víctor: ¿No le parece modernísimo lo que dice? Y además es que lleva más razón que un santo…

Don Hugo: Nunca mejor dicho.

Don Víctor: … hay personas que, por el mero hecho de existir, nos justifican a todos los demás, nos edifican, nos iluminan y nos alientan.

Don Hugo: Pues fíjese usted si tenemos la suerte de conocer a alguna de esas lumbreras… y ¡si encima es amiga nuestra!… Es lo que viene a decir Nietzsche, que él se pirraría por poder vivir con Montaigne.

Don Víctor: ¡Tal cual! Personas que nos dan la vida… que nos traen el Cielo a la tierra, a despecho del quitagustos de Sartre con aquello de que «el Infierno son los demás».

Don Hugo: Tratándose de Sartre, vayamos con pies de plomo. En realidad lo que quería decir con ello es que es el juicio ajeno el que nos conforma, encorsetando nuestra libertad.

Don Víctor: Pues acogiéndonos a ello, don Hugo, por qué no considerar también la luz que nos viene de los demás y ensancha precisamente nuestra libertad.

Don Hugo: Somos plantas medrando a la luz de aquellas lumbreras.

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