Árboles

Don Hugo: Fue ver la foto de doña Vandana Shiva, con su lunar rojo en el entrecejo, abrazada a un árbol milenario para así evitar su tala y decirme: “Tengo que traer a don Víctor a que vea esta haya”.

Don Víctor: Es algo sobrenatural, don Hugo. Si querría uno arrodillarse ante ella…

Don Hugo: Pues sí, porque abrazarla… ¡sería casi un sacrilegio!

Don Víctor: ¿No era Plinio quien contaba que había un romano que amaba tanto a una haya que pasaba las horas abrazado a su tronco?

Don Hugo: Es muy posible, aunque no sabría decirle si fue el Viejo o el Joven.

Don Víctor: ¡Es que este árbol haría sollozar al joven Werther!

Don Hugo: Toma, sobre todo si la mujer del pastor se empeña en talarlo para que las hojas caídas no le ensucien el patio.

Don Víctor: Pues no vea usted, don Hugo, el disgusto que se llevan mis nietas pequeñas cada vez que al perrillo Idéfix le da un soponcio porque han arrancado uno de esos robles mastodónticos del Bosque de los Carnutos.

Don Hugo: El mismo disgusto que tuvimos cuando allí abajo, en el pueblo, la alcaldesa reformó la calle principal llevándose por delante los entrañables pan y quesillos de más de cien años. La calle quedó chata, roma, sin relieve alguno y aplastada en verano por un sol inmisericorde.

Don Víctor: Es que un árbol, que ya estaba en pie mucho antes de que naciéramos, está hecho para acompañarnos toda la vida como si fuera una divinidad familiar. ¡Qué bien lo dice Sobaku en su concisión japonesa:

“Cada año y año

 quedan menos cerezos

 en mi aldehuela”

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