
Don Hugo: Siempre me han parecido unas aburridas estas señoras que vienen a tentar a los santos ermitaños.
Don Víctor: La verdad es que no parece costarle mucho a San Jerónimo rechazarlas con ese gesto tan ampuloso.
Don Hugo: En cualquier caso, don Víctor, está claro que cuando disminuye el vigor físico, ya sea por enfermedad, privaciones o edad avanzada, el organismo hace acopio de las pocas fuerzas que tiene y suelta lastre de lo superfluo.
Don Víctor: Vamos, sólo comer, beber y dormir.
Don Hugo: Exactamente. Y la pulsión sexual, por prescindible, se adormece o desaparece del todo.
Don Víctor: A pesar de ello, otro gallo le cantara al santo si estas damas, en lugar de pintarlas Zurbarán, fueran hijas de los pinceles del Veronés.
Don Hugo: ¡Qué mujeres!… Llenas de salud, rubicundas, crasas, opulentas, jocundas, próvidas…
Don Víctor: … invitando a abismarse en sus carnes lozanas como en un lecho de amor…
Don Hugo: Calle, calle, que nos quedamos sin santos… Por algo se las encargaban a Zurbarán, que parecía pintar las carnaciones con tiras de mojama y las telas con cachos de cartón.
Don Víctor: Sea como fuere, don Hugo, tenía razón aquel guía paletico que nos explicó esta escena en la catedral de Segovia…
Don Hugo: Es verdad, que «a buenas horas le venían con tentaciones al viejico».