La cajita de Ogino

Don Hugo: ¿No le pasa a usted a veces, don Víctor, que querría cruzar la pantalla del cine y ver la película desde detrás, desde otro punto de vista distinto del que nos impone el director?…

Don Víctor: Ese gran manipulador que nos tiraniza siempre…

Don Hugo: Si le digo esto, es porque cuántas veces no habré deseado yo saber qué demonios contenía la cajita que ese hombretón japonés le abre a Catherine Deneuve en «Belle de Jour».

Don Víctor: No sé por qué siempre he imaginado yo un insecto enorme ahí dentro…

Don Hugo: De lo que no cabe duda es de que la cajita encierra un símbolo sexual como bien conviene a ese semental japonés.

Don Víctor: Para sementales japoneses, ninguno como el bueno de Ogino.

Don Hugo: ¿Ogino?… Ah, claro, el ginecólogo nipón que ideó aquel método de «contracepción natural», ¡sin pecar, eso sí!, o sea llevando cuenta de los días fértiles de la esposa.

Don Víctor: Para mí, don Hugo, que eso es fruto de la influencia jesuítica en el Japón…

Don Hugo: Pero qué pasa con Ogino… ¿de verdad era un garañón?

Don Víctor: Sin duda alguna… con lo mal que las señoras llevaban las cuentas, ¿cuántos de nuestros vástagos no son mucho más hijos de Ogino que de uno mismo?… Por eso decía mi hermano Ángel: «Es hijo mío sólo el primero; los otros siete son de Ogino, un semental pagado por los curas».

Don Hugo: Sí, por los jesuitas.

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