
Don Hugo: Impecable… Yo diría que perfecto. Es de estas ocasiones en que no ha fallado nada, ni el vino, ni la materia prima, ni el aderezo, ni el pan. ¡Si ni siquiera el servicio ha pecado de exceso de oficiosidad!… Pero, don Víctor, se le ve algo reticente…
Don Víctor: Estoy de acuerdo en todo, siempre que no mire usted hacia atrás.
Don Hugo: ¡Caramba! Ya lo entiendo… no podía faltar el consabido bodegoncito…
Don Víctor: Siempre el último parece peor que todos los anteriores.
Don Hugo: No vuelva usted la vista y concéntrese en lo suyo, que aún le quedan dos o tres chuletillas… Parece usted Sancho Panza que, ya que no le daban bien de comer, criticaba a los malos pintores de mesón.
Don Víctor: ¿Hasta de eso llegó a entender el buen escudero?…
Don Hugo: Eso es lo que consigue un buen maestro, y más si está tan loco. El hidalgo llegó a comparar a uno de esos artistas con un tal Orbaneja que pintaba «lo que saliere» y «si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: «Éste es gallo, porque no pensasen que era zorra».
Don Víctor: ¿Orbaneja? Pero ese hombre era un genio, un vanguardista avant la lettre, que ideó aquello del «hallazgo», tan encumbrado por el arte contemporáneo.
Don Hugo: A la vista de los cuadros que decoran los templos de la alta cocina de vanguardia, ¡todos ellos «hallazgos» sin duda alguna!, declaro que prefiero la compañía de estos adocenados mostrencos de toda la vida.
Don Víctor: Es verdad, don Hugo. Comeremos mejor.