
Don Víctor: El caso es que me llama la atención que siga habiendo tantos buenos fotógrafos que se obstinen en presentarnos el mundo en blanco y negro, como cuando éramos chicos.
Don Hugo: Pues es verdad, don Víctor. Sin ir más lejos, el otro día me topé en el periódico con unas fotos de Letizia Battaglia.
Don Víctor: ¿La de los asesinatos de la Mafia en Sicilia?
Don Hugo: La misma. La de la tragedia mediterránea sin matices, con sombras aceradas y blancos cegadores.
Don Víctor: Me viene a la mente aquella apreciación desdeñosa de José María de Pereda, por la cual el sol del Sur exaspera tanto los paisajes que los reduce al blanco y negro.
Don Hugo: Pero tiene más la Battaglia. No sólo son los gestos de Electra, los rostros trabajados por el sufrimiento, la sangre negra y la indiferencia de los niños… también se siente la presencia de algo oculto que se nos hurta porque la costumbre ha gastado nuestra mirada. Es como si la cámara penetrara allá donde no llegan nuestros ojos.
Don Víctor: ¿No es como aquel cuento de Rubén Darío en que un monje intentaba fotografiar el alma y los espectros?
Don Hugo: ¡Basilico! ¿Recuerda usted, don Víctor, esas ciudades vacías, esos aparcamientos sin coches, esas circunvalaciones fantasmagóricas, esas viejas fábricas cerradas?
Don Víctor: ¡Fotografía metafísica, poblada de ausencias, silencio reverberante, inquietantes espacios!
Don Hugo: Estos fotógrafos se me antojan los psicofonistas de la vista.
Don Víctor: Sí, don Hugo, pero con la diferencia que va del arte al camelo.