
Don Hugo: ¿A que le costó a usted lo indecible, don Víctor, resistirse a la moda de los piercings?
Don Víctor: No crea, don Hugo, no fue para tanto… Cuando sí que he tenido que hacerme violencia, ha sido con la fiebre de los tatuajes. ¡Tenía tantas ganas de dar una sorpresa a Julita!… Menos mal que estaba usted allí para hacerme ver que aquello tan sólo reflejaba un déficit en la sana afirmación de la personalidad.
Don Hugo: No, ¡si para mí también fue durísimo!, pero véanos ahora, don Víctor. Aquí estamos los dos siempre atentos, no sólo a que nos llamen por teléfono…
Don Víctor: ¡Qué vulgaridad tan anticuada!
Don Hugo: … sino, sobre todo, a la más imperceptible señal de que tenemos un aviso urgente: una actualización imprescindible…
Don Víctor: … una nueva app…
Don Hugo: … un apremiante whatsap…
Don Víctor: … hasta todavía algún SMS, un poco vintage, eh… todo hay que decirlo.
Don Hugo: Lo realmente preocupante es que esta tecnología universalizada, amén de continuamente renovada en su maníaco consumismo, ofreciendo una irresistible oferta de presuntas necesidades con sus prometedoras satisfacciones, suplanta a todo lo demás.
Don Víctor: ¿Dónde quedan, ante tanta novedad que atender, y además tan atractivamente presentada, la voluntad, la concentración, la reflexión, la iniciativa personal, el cultivo de la actividad intelectual y de las auténticas relaciones sociales y afectivas?
Don Hugo: ¿Qué me está usted diciendo, don Víctor?… Todo eso es implacablemente succionado para que quepa únicamente el nuevo relleno uniformizador de pensamientos, conductas y gestos.
Don Víctor: Es la deriva que previó Pasolini hacia sociedades homogenizadas y aculturadas, de organización autoritaria.
Don Hugo: ¡Vaya, que nos veo a usted y a mí aprendiéndonos eso del twitter, el Instagram y hasta el Tic Toc!
Don Víctor: A mí, don Hugo, no me saque usted del pasodoble.