Bombones y aceite

Don Hugo: No falla, don Víctor. Cada vez que visito una exposición de los impresionistas, especialmente de Renoir, vuelvo a casa con una cajita de bombones para Dolores.

Don Víctor: Pues yo, don Hugo, cada vez que, en Atocha, paso por delante de El Brillante con sus bocadillos de calamares, lo dejo todo y corro a casa a hojear de nuevo los catálogos de Romero de Torres.

Don Hugo: Fíjese cómo uno y otro producto ayudan a penetrar en el alma de las pinturas francesa y española.

Don Víctor: ¡Es verdad! La francesa tiende a ser pulcra, sensual, golosa, mundana, muelle, lujosa y dulce como los bombones.

Don Hugo: La española es, en cambio, turbia, mostosa, ascética, acre, tensa, rústica y amarga, como el aceite rancio.

Don Víctor: Es que quien dice Romero de Torres, nos remonta a Zuloaga, Solana, Alenza, Goya, Zurbarán, Murillo, Ribera y Velázquez.

Don Hugo: Y, por su parte, Renoir nos remite a Watteau, Boucher y todos aquéllos e incluso al viejo Fouquet.

Don Víctor: ¡El viejo Fouquet!… Ya habla usted como Voltaire… A propósito de Watteau, la verdad es que no me lo imagino untando unas migas en aceite frito. Lo veo más bien degustando un bombón suizo.

Don Hugo: A Quevedo sí que le cuadran mejor esas migas.

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