Elogios envenenados

Don Víctor: Es que, en ocasiones, algunos elogios van cargados de veneno, don Hugo.

Don Hugo: Sí, como aquella vez en que le gritaron a Ponce: «¡Qué buen torero si hubiera toro!»

Don Víctor: Como que no sabíamos todos que Ponce escoge siempre a sus juampedros.

Don Hugo: ¿Y eso de «Qué buen vasallo si hubiera buen señor»?

Don Víctor: Eso es distinto porque sí se alaba al vasallo que no tiene culpa del rey a quien se denuesta.

Don Hugo: Quien sí que es un auténtico especialista en halagos emponzoñados es el amigo Planes-Bellmunt. ¿Recuerda usted, don Víctor, cuando le dijo a su colega, el doctor Perales, que «qué buen médico haría si midiera catorce centímetros más»?

Don Víctor: También a Cuenca le dijo un día que «ya sabes que se te aprecia a pesar de tus gilipolleces».

Don Hugo: Sí, y a Lopetegui le espetó que era «como el tonto de Coria, pero con carrera universitaria».

Don Víctor: Lo peor fue cuando llevamos al gallinero del Real al pobre Dupré, que estaba en las últimas…

Don Hugo: La palmó el pobrecillo en menos de una semana… El caso es que Planes-Bellmunt, viéndole ascender penosamente hacia aquellas cumbres, más muerto que vivo, le soltó aquello de «Dupré, ¡eso sí que es afición!»

Don Víctor: Por lo menos llegó a tiempo de ver a Kraus… Y cuando me presentó a mí a su mujer, Christiana, lo hizo en los siguientes términos: «Éste es Víctor,  un tío sin complejos. Mira que debiera tener todos los del mundo… ¡pues no tiene ninguno!»

Don Hugo: A mí, cuando le enseñé aquella vista de Florencia que acababa de terminar, me puso las manos en los hombros y me dijo, con afectada emoción: «Hugo, eres la eterna promesa de la pintura».

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