
Don Hugo: Celebro, don Víctor, que haya apreciado usted esta versión del «Sigfrido».
Don Víctor: Muy interesante, sobre todo en lo orquestal, aunque ya sabe usted que, para mi gusto, la mejor es la de Knappertsbusch, con el «Sigfrido» de Windgassen.
Don Hugo: Si es lo que yo les digo a nuestros pesados amigos wagnerianos: que usted disfruta más a Wagner que todos ellos juntos.
Don Víctor: Claro, don Hugo, ¡como belliniano que soy!
Don Hugo: Ya sea Sigfrido, ya sea Lanzarote, ya sea Roldán, el héroe épico medieval nunca siente el hambre y parece reducir el cuerpo a su dimensión muscular, que es en definitiva la guerrera. El mismo Flaubert constata que no tiene necesidades fisiológicas por ser un puro espíritu, como querría Madame Bovary.
Don Víctor: Si acaso beberá el filtro amoroso o el maléfico, el agua que purifica, el vino -que no deja de ser sangre de Cristo- o el pagano hidromiel.
Don Hugo: Son ángeles en definitiva… Me viene a la memoria aquello que dice Galdós a propósito de Teresita Villaescusa… Era algo así como «la dentadura, haciéndola tan bella y nítida como la de los ángeles, que ni ríen ni comen».
Don Víctor: Tampoco tienen «escrementos mayores», según revela don Quijote al salir de la cueva de Montesinos.
Don Hugo: ¿No le parece, don Víctor, que la presencia de héroes entre nosotros encierra la premonición de la carne glorificada después de la Resurrección?
Don Víctor: Pero entonces, don Hugo, ¿eso significa que en el Más Allá sí que beberemos y haremos aguas menores?