
Don Víctor: Casi me va a dar vergüenza confesarle a Julita que mucho ir a Casa Ciriaco con los amigos para, al final, decidirme por las albóndigas.
Don Hugo: Ha hecho usted muy bien, don Víctor, por más que se las pueda denostar como el colmo de lo populachero.
Don Víctor: Por algo aquella pulla a la muchacha tan estirada de ya no recuerdo qué obra de Aristófanes.
Don Hugo: Que no, don Víctor, que aquella mujer fatal, aquella Mirea que le decían, a quien le ofrecieron unas albondiguillas para bajarle los humos, era un personaje de uno de aquellos cuentos contemporáneos griegos que le pasé.
Don Víctor: ¡Ah, pues muy bien pudiera haber salido del magín del comediógrafo clásico, tan cínico él!
Don Hugo: ¿Concibe usted, don Víctor, que en alguna ópera de Donizetti, incluso cómica, se mencionara alimento alguno?… Como no fueran licores…
Don Víctor (cantando): Il segreto per esser felici…
Don Hugo (cantando): … Ogni tempo, sia caldo, sia gelo / Scherzo e bevo…
Don Víctor: El vino de Chipre, ¡qué maravilla!
Don Hugo: En cambio, en el género chico, no paran de enumerar viandas a cuál más suculenta y popular.
Don Víctor: ¡Vamos, que ni Carpanta!
Don Hugo: Qué duda cabe que mientras las bebidas alcohólicas, que son espirituosas y se subliman de forma ascendente…
Don Víctor: Muy bien, don Hugo… por el contrario, los alimentos sólidos, con sus proteínas y sus grasas, apuntan siempre hacia abajo, hacia la tierra, y, por tanto, nos animalizan.
Don Hugo: Fíjese usted cómo incluso en la tan lírica «Bohemios», cuando el galán canta al obligado champán, no deja de mencionar con fruición…
Don Víctor (cantando): ¡La sopa caliente, el pavo con trufas…
Don Hugo y don Víctor (cantando): … y el rico champán!