
Don Víctor: ¿Cree usted, don Hugo, que al final se celebrarán los Juegos Olímpicos en Tokio?
Don Hugo: Lo dudo, don Víctor. Lo que sí que creo es que podremos ver el Tour por la tele.
Don Víctor: Recuerdo cómo, cuando empezamos a verlo en color con aquellas tomas aéreas, mis amigos exclamaban entusiasmados: «¡Ahora veo por qué vas tanto a Francia a veranear!, ¡qué país tan bonito!, ¡qué pueblos tan pintorescos y cuidados, qué campos tan fértiles, qué bosques tan frescos, qué ríos llenos de agua!…»
Don Hugo: Claro, don Víctor, si ya lo dice Rutebeuf en aquella disputa entre el cruzado recién armado para recuperar San Juan de Acre y aquel otro caballero que decide quedarse en Francia con este argumento: «Se Diex est nule part el monde, / Il est en France, c´est sens doute».
Don Víctor: Qué bien pronuncia usted el francés medieval, don Hugo!…si lo he entendido todo, que si Dios se halla en parte alguna, ¡no puede ser más que en Francia!… ¿A cuento de qué ir a buscarlo más lejos?
Don Hugo: Y la cosa viene de antes. Desde la Canción de Roldán se habla ya como un tópico de la doulce France.
Don Víctor: Hay que reconocer que las razones del caballero que no quería embarcarse, amén de laudables por atreverse con reparos tan políticamente incorrectos, son muy justas: es cierto que Francia lleva ininterrumpidamente todo un milenio encaramada en lo más alto como sociedad, sin apenas sufrir momentos de auténtica decadencia.
Don Hugo: Francia parece la obra maestra de la Creación. Me atrevería a decir lo que ni siquiera Rutebeuf osó proclamar…
Don Víctor: Déjeme a mí decirlo, don Hugo: «Diex est françois».