
Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué me dice usted?… ¿Que se ha vuelto a Copenhague?…
Don Hugo: No sé cuándo se daría cuenta de que es un imbécil, pero en cualquier caso ha tardado treinta y cinco años en dejarlo.
Don Víctor: Pues es una pena para nosotros, porque Christiana era la único bueno que tenía Planes-Bellmunt.
Don Hugo: ¡Y además que sigue siendo guapísima!…
Don Víctor: Con lo que se ufanaba el doctor porque «vivía libre de las neuras de las españolas»…
Don Hugo: A tipos así, nuestras compatriotas enseguida los calan… y se apartan… pero mire que conocemos casos de auténticos venados impresentables que se han emparejado con extranjeras… ¡bastante presentables!
Don Víctor: Claro, las pobres se creen que son tan raros por la diferencia de nacionalidad, pero que todo será acostumbrarse.
Don Hugo: Sí, lo mismo pensaba Ingrid Bergman en el «Stromboli» de Rossellini…
Don Víctor: Christiana es siempre tan agradable, tan sensata y tan serena, que era difícil adivinar tal reacción por su parte… ¡Si hasta parecía feliz y todo!
Don Hugo: Creo que la gota que colmó el vaso fue cuando quiso obligarla a acompañarle a recibir el Premio de Medicina Rosenstiel, luciendo un tocado que él mismo le había compuesto… ¡con plumas de urogallo!
Don Víctor: ¡Vaya palo en todo caso!
Don Hugo: No se crea, don Víctor… ¡si estaba ofendidísimo!