
Don Hugo: Las unas se nos presentan cansadas, casi postradas, aburridas…
Don Víctor: … mientras que las del otro lado se nos muestran hieráticas, pero relajadas.
Don Hugo: Sus ropas son opulentas y coloristas…
Don Víctor: … y las de las otras son victorianas y de colores manieristas.
Don Hugo: Llevan el pelo recogido.
Don Víctor: Dejan caer sus pesadas melenas ondulantes.
Don Hugo: Se reconocen sus fisionomías individuales.
Don Víctor: Repiten clónicamente sus caritas de muñeca.
Don Hugo: Son mujeres reales.
Don Víctor: Son mujeres soñadas.
Don Hugo: Unas y otras, inquietantes por su sonambulismo crepuscular.
Don Víctor: Todas sentadas en una espera expectante, pero indefinida.
Don Hugo: Sus ojos abiertos no se miran, ni siquiera ven.
Don Víctor: Permanecen ausentes en el silencio, reforzado por el infinito.
Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, en cómo visitando pinturas de siglos tan distantes, nos hemos adentrado en un mismo territorio, que para mí no es otro que el…
Don Víctor: ¡del inconsciente, don Hugo!… Ya le venía a usted venir. … Pase en el caso de Delvaux, pero en lo tocante a Carpaccio…
Don Hugo: Créame usted, don Víctor, ya sea el siglo XV o el XX, el inconsciente siempre ha estado ahí…
Don Víctor: ¿En las sacras conversaciones, en los santos en oración, en tantos autorretratos abstraídos…?
Don Hugo: Claro que sí, don Víctor… incluso en tantos paisajes ensimismados, transmundanos, proyección acaso de la melancolía endógena del artista… ése es el territorio al que hemos llegado.
Don Víctor: Claro, el que conjuraba el surrealismo, mediante la hipnosis, la escritura automática e incluso el espiritismo.
Don Hugo: Sí, ¡esas fuerzas ocultas que nos requieren mágicamente!
Don Víctor: ¡Qué cosa tan grande es el Arte que expresa lo inefable, revela lo escondido y materializa lo intangible!… Ahora bien, don Hugo, qué quiere usted que le diga… yo me quedo con las cortesanas de Carpaccio.