Doblajes

Don Hugo: Nunca entendí por qué ninguna de las academias de lenguas que conozco, no se llame “Pentecostés”.

Don Víctor: Ya puestos, lo mismo podría aplicarse a los estudios de doblaje cinematográfico.

Don Hugo: Me he pasado media vida defendiendo los buenos doblajes españoles, hasta que ya por fin Dolores, con su conocimiento de los idiomas, me convenció para que empezáramos a ir a aquellos cines de arte y ensayo a escuchar las películas en su idioma original… ¡Y ahora ya no las aguanto dobladas!

Don Víctor: La verdad es que, al margen de que tenga usted razón, el doblaje representa la cima de la traducción. Los personajes articulan en la lengua que uno quiera. ¿No es eso un milagro?

Don Hugo: Lo aparenta, don Víctor, sólo lo aparenta… Bien que tuve que admitir que no es más que una superchería pues dígame usted, don Víctor, ¿cómo disociar voz de cuerpo sin perturbar la unidad dramática que representa todo actor?

Don Víctor: Efectivamente, don Hugo, actor y personaje quedan demediados.

Don Hugo: Es una falta de respeto que no tolerarían otras profesiones.

Don Víctor: Me viene a la mente el caso de James Steward. Al pobre, en los doblajes al español, se le ha adjudicado tradicionalmente una auténtica voz de tontorrón que, junto a su aspecto desgarbado, le confería una apariencia poco favorecedora.

Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, nunca se entiende que tenga una novia tan guapa… por muy americano que sea.

Don Víctor: Entonces, don Hugo, como me diría usted: No me tienen que gustar las películas dobladas, ¿verdad?

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