Manos

Don Víctor: Para mí está claro que el movimiento de manos y muñecas de nuestro flamenco tiene su origen en la India.

Don Hugo: Sí, pero eso son las manos como alas, como unas danzantes revoloteando en torno a la cabeza.

Don Víctor: Ya veo, don Hugo, que va usted por otro lado. ¿Se refiere al aspecto instrumental de las manos, a aquello de «Mano y cerebro en la Grecia antigua»?

Don Hugo: Tampoco a eso, sino más bien a su potencialidad afectiva.

Don Víctor: Ah, claro… ¡Che gelida manina! Cómo busca Rodolfo en la oscuridad la manita de Mimí después de orillar la fría llave caída…

Don Hugo: Siempre pensé que la canción de Pierrot, «Au clair de la lune», en su última estrofa, sugiere exactamente lo mismo: los rayos de la luna iluminan apenas y, buscando pluma y candela, se juntan las manos del amable Lubin y de la bella vecina.

Don Víctor: Por eso la puerta, al final, no tuvo más remedio que cerrarse…

Don Hugo: ¿Ha reparado usted, don Víctor, cómo en el «Fusilamiento de Torrijos» todos los condenados se estrechan fraternalmente la mano, aguardando la descarga?

Don Víctor: Me viene a la mente un pasaje del «Dominique» de Fromentin en que el personaje, perdido en la gran urbe de París, encuentra al que fuera su preceptor allá en su Poitou natal y, al estrecharle la mano, siente que «je m´appuyai sur quelqu´un».

Don Hugo: En esto, lo más tremendo que haya leído yo nunca es eso otro de «La condición humana», de Malraux, en que los dos soldados comunistas prisioneros del Kuomintang, antes de ser arrojados vivos a la caldera, pierden la pastillita de cianuro que les evitaría el suplicio. Tantean en la oscuridad como dos ciegos; no hallan la pastilla, pero lo que sí se encuentran son sus dos manos que se abrazan desesperadas ante la muerte.

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