
Don Víctor: Estaba releyendo «La Odisea» y me acordaba de una viñeta de los tintines que comprábamos a los niños. Era cuando Ulises ha de hacer frente a la «voz inmensa de las sirenas».
Don Hugo: Claro, don Víctor, seguro que recordó usted a la Castafiore.
Don Víctor: Repare usted en el adjetivo, don Hugo: ¡»Inmensa»!… en el inmenso escenario marino…
Don Hugo: Esa inmensidad hay que tomarla, a mi juicio, metafóricamente: es inmensa porque inmenso es el deseo que las sirenas suscitan e insondable el misterio que representan.
Don Víctor: ¡Vamos, como para atarse al mástil si uno no quiere ser imantado irremisiblemente!
Don Hugo: Yo creo que en el libro que estoy leyendo ahora, Stefan Zweig, sin pretenderlo, describe y define en qué consiste esta «inmensidad».
Don Víctor: ¿En qué obra, don Hugo? No recuerdo que tratara nunca este pasaje…
Don Hugo: No, lo hace en un contexto muy diferente: un jovencito frágil e inexperto expresa lo que es la ambivalencia del deseo: por un lado, atracción desbocada y, por otro, temor a ser devorado.
Don Víctor: Por favor, don Hugo, si lo lleva ahí, léame usted cómo lo escribe.
Don Hugo: Dice: «»¿Acaso todo lo desconocido y maravilloso que ansiaba no estaba unido a las mujeres, no eran ellas las guardianas de todos los secretos, seductoras y promisorias, deseosas y deseadas a un tiempo?»