
Don Hugo: Si mueve los océanos, ¿cómo no ha de ejercer su influjo sobre las criaturas?
Don Víctor: Tengo observado que en las noches de luna llena, duermo muy mal. Por eso no he dudado en apuntarme a esta excursión, para disgusto de Julita.
Don Hugo: Bueno, don Víctor, pero espero que no le dé a usted por revelarse licántropo.
Don Víctor: No tema usted, don Hugo… si hay tal síndrome, lo acuso en el más leve grado… ¿Oye usted aullar a los perros?
Don Hugo: Esta noche no nos falta de nada. Echo de menos a Gaspard Friedrich en este paseo. En el caso del «hombre de los lobos», si bien se dé nocturnidad, Freud no establece relación alguna con la luna. Dicho esto, me resulta evidente, a partir del folklore, que el inconsciente colectivo liga a nuestro astro con los cánidos.
Don Víctor: ¡Pero qué Freud, don Hugo! Seguro que tiene usted leído lo que cuenta el Inca Garcilaso de cómo, ante el eclipse de luna, los indios atan y apalean a los perros para que aúllen y así el astro se compadezca de ellos y despierte de la enfermedad que la apaga.
Don Hugo: Es cierto. Creían además que la luna los estimaba por un servicio que en el pasado le hicieron.
Don Víctor: Si el día, con su fulgor solar, todo lo delimita, lo mide, lo explica, lo localiza…
Don Hugo: Entonces reina la divinidad racional, apolínea…
Don Víctor: … la noche, por el contrario, todo lo confunde, lo disfraza, lo oculta…
Don Hugo: Sí, reina otra divinidad que no es la nuestra y que sentimos como amenazante.
Don Víctor: La luna nos desorienta, como si quisiera reírse de nosotros y alejarnos de sus exclusivos dominios.
Don Hugo: No en vano los locos, los suicidas, los desesperados, los románticos acuden engañados al amparo de su frío manto de luz blanca…
Don Víctor: Esos chalados que usted menciona no dejan de ser la avanzadilla de nuestra especie que no se resigna ni siquiera a someterse a la ley del día y de la noche, que no quiere descansar nunca, que ya ha desterrado la oscuridad y sus astros de las ciudades y que no tardará en expulsarla del planeta entero.
Don Hugo: Todo eso está muy bien, don Víctor, pero volvamos a nuestros perros. Primitivamente, pertenecieron al reino de la noche. Domesticándolos, los volvimos diurnos, pero la luna les recuerda su origen…
Don Víctor: … y no cesa de reclamarlos a su luz espectral.
Don Hugo: Algo tiene la luna que no le deja a usted dormir, que extravía los pensamientos, que colapsa en el plenilunio las maternidades, que genera poemas sombríos, por mucho que queramos despreciarla con aquello que recoge Bécquer de «¡ladridos de perros a la luna!»