
Don Víctor: ¡Aaatchús!
Don Hugo: ¡Jesús!…… ¡Aaatchís!
Don Víctor: God bless you!
Don Hugo: À vos souhaits… et à vos amours aussi!
Don Víctor: Salute! No se me vaya usted a poner malo, don Hugo, que ya estoy yo bastante delicado…
Don Hugo: ¡Que no vamos por ahí, don Víctor!… Fíjese usted en las cosas que hemos dicho. ¡Si es todo lo contrario! Nos sumamos a los buenos auspicios que trae el estornudo.
Don Víctor: ¡Es verdad, don Hugo, es lo que dicen las aves de Aristófanes, que un estornudo es un auspicio!
Don Hugo: Mucha guasa tenía el ateniense, pero Homero -que era más serio- bien que pondera el estornudo de Telémaco como presagio del castigo de los pretendientes…
Don Víctor: Por algo Temístocles zarpó lleno de confianza al encuentro de los persas tras el estornudo de un hoplita en plena arenga.
Don Hugo: Pues ¿y Jenofonte? Tan poco imaginativo como era, constata a lo largo de su retirada más de un caso al respecto.
Don Víctor: Pero si ni siquiera los sesudos ilustrados escaparon al influjo sobrenatural de los estornudos e incluso hacían por concitarlos con su amanerado rapé.
Don Hugo: ¡Qué frivolidad! Generándolos a voluntad, les privan del valor que tienen en un contexto de incertidumbre y ansiedad dramática.
Don Hugo: Cuando Prometeo crea al primer hombre, éste también estornuda pues ha de expulsar de su cuerpo la humedad excesiva ahora que el calor de la vida anima sus entrañas.
Don Víctor: Sí, sí, recuerdo que incluso le dijo entonces: «¡Que los dioses te favorezcan!»
Don Hugo: Lo cual abunda en nuestra tesis. Otro tanto habría ocurrido con la creación de Adán. Según los textos rabínicos, al soplo del Creador, nuestro primer padre reaccionó con el primer estornudo.
Don Víctor: Y qué desvalidos en cambio estamos nosotros, don Hugo, que en lugar de un estornudo, rompemos a llorar…
Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, que hemos empezado muy bien estornudando los dos. La cosa está muy clara; la explicación psico-fisiológica la tiene dicha…
Don Víctor: No siga usted: ¡el doctor Freud!
Don Hugo: Esta vez, no. Me estaba refiriendo a Aristóteles, que penetra muy bien en el origen de esta relación entre la inspiración divina y el fenómeno físico: el estornudo adquiere su valor mágico desde el momento en que se genera en la cabeza, la parte más noble de nuestro cuerpo pues ahí reside el pensamiento divino.
Don Víctor: El estornudo no puede retenerse porque es voluntad divina; de ahí que sea valorado como sagrado y benéfico.