
Don Víctor: Mire que le han insistido a usted los de la Asociación Wagneriana para que se una a ellos. ¡Con lo que usted sabe del maestro!…
Don Hugo: Siempre recelé de las personalidades fálicas….
Don Víctor: … No me niegue usted que llega a disfrutar de Wagner más que sus fanáticos.
Don Hugo: Sí, y también que algunos tramos se me hacen muy cuesta arriba. Al final, Verdi me resulta mucho más equilibrado; es, claramente una personalidad genital.
Don Víctor: Y mire que el italiano dudó y se mostró insatisfecho con su obra…
Don Hugo: Wagner, en cambio, no podía por menos que apabullar al prójimo con unas óperas que alejan del teatro y optan por el «festival sagrado».
Don Víctor: Si es sagrado, ¡mucho cuidado, don Hugo, no vaya usted a blasfemar!
Don Hugo: Repare usted en que casi nunca ocurre nada en escena, sino que siempre nos lo cuentan prolijamente, no una, ¡sino en varias ocasiones!
Don Víctor: Claro, y el espectador se ve obligado a no perder ripio de todas aquellas galeradas de versos declamados estentóreamente por los pobres cantantes en sus ariosos, siempre en un tris de naufragar en el proceloso mar orquestal.
Don Hugo: A eso voy, don Víctor, que esta continuada atención fuerza los nervios del sufrido público hasta el agotamiento intelectual: los momentos arrebatadores y culminantes se distancian tanto en la travesía de interminables pasajes áridos, sin ofrecer ocasión ni a la interrupción ni al aplauso, que la catarsis se demora hasta lo insoportable.
Don Víctor: Claro, la melodía infinita….
Don Hugo: Es más, el espacio ha sido concebido como si se tratara de un centro de tortura para el lavado colectivo de cerebros: todo el mundo a oscuras sin otro foco que la luz del escenario; no hay palcos ni pasillo en el patio de butacas, de manera que nadie se ve ni puede llegar tarde, ni levantarse del asiento antes de que acabe la función; no se preven salones de esparcimiento y relación en torno a la sala y se evitan los intermedios; la duración del espectáculo es maratoniana, tanto es así que no queda tiempo luego ni para ir a cenar ni para comentar nada con los conocidos.
Don Víctor: Hoy no hay quien hable con usted, don Hugo. No me deja meter baza. Está usted imbuido del monólogo wagneriano.
Don Hugo: Compárelo usted con Verdi, que presenta sus obras en el teatro a que compitan con las de los demás compositores, con las luces encendidas, con el movimiento de los palcos y los elegantes que entran en el segundo acto y los juerguistas que se marchan antes del último…
Don Víctor: ¡Es que Verdi respeta al público y su obra aspira a ser apreciada libremente!
Don Hugo: ¡Y que no se peleaba con sus libretistas para que no alargaran lo innecesario, para que las transiciones de escena fueran ágiles…!
Don Víctor: ¡Era un hombre de teatro!