
Don Hugo: Lo más intragable de todo es aquello de fingirse viejos desde la primera juventud…
Don Víctor: Sí, siempre empolvándose la peluca y consultando la frecuencia de las deposiciones…
Don Hugo: Con la falta que nos hace a usted y a mí echarnos más años encima… ¿verdad, don Víctor?
Don Víctor: Todavía peor que esto es la influencia de personajes como Potocki…
Don Hugo: … con aquella España fantasmagórica de viajes goyescos por los cielos nocturnos, resurrecciones de muertos, bandoleros irredentos, criptojudíos cabalistas y gitanos herederos de la magia oriental.
Don Víctor: Casanova…
Don Hugo: Deja pequeño el catálogo de Don Giovanni, que el veneciano anduvo también por Rusia…
Don Víctor: No me refiero a esas proezas, don Hugo, sino a sus prácticas taumatúrgicas, rejuvenecedoras y de reencarnación entre las gentes nobles y adineradas…
Don Hugo: … los mismos que leían los escritos de Voltaire contra la superstición…
Don Víctor: El doctor Cagliostro…
Don Hugo: ¡Valiente sacamuelas!… ¡y cuánto caso no le harían!
Don Víctor: Mesmer…
Don Hugo: ¡Otro que tal baila! Vaya un granuja… ¡Y qué furor no causarían sus terapias!
Don Víctor: El caldo de cultivo de todas estas supercherías tan ridículamente infantiles fue la Masonería con sus ritos iniciáticos, jerárquías y liturgias, sus símbolos misteriosos y casi órficos, sus lenguas y signos secretos…
Don Hugo: ¡Cuánta novelería en la época de la Enciclopedia!
Don Víctor: Sólo corticalmente el ser humano es racional. Rasque usted un poquito este frágil barniz y al instante asoma el ser mágico más primitivo.