
Don Hugo: Mire usted, don Víctor, que la pobre Penélope desesperó más de una vez de que volviera.
Don Víctor: Sí, claro, don Hugo, tenía sus desfallecimientos -¿quién no los tiene?-, pero vea cómo cada noche destejía y cuántas largas no daría a los pretendientes…
Don Hugo: Sí, sí, se da en ella esa ansiedad ambivalente de la espera, que tan bien describió Roland Barthes, esa oscilación entre la euforia y la depresión.
Don Víctor: ¡Cómo se llena de gozo cuando, oyendo al mendigo, da por hecha la vuelta del esposo!
Don Hugo: Sí, para desencantarse al minuto siguiente y fundirse en llanto. Y a Telémaco le ocurre otro tanto.
Don Víctor: Todo lo que usted quiera, pero bien que, arriesgando su vida y ajeno a las asechanzas de los pretendientes, se embarca en peligrosos viajes para recabar noticias de su padre en varios reinos. ¿Acaso no es eso esperanza?
Don Hugo: Se lo concedo, don Víctor, sobre todo visto cómo preservan como reliquias las armas que dejó Ulises. Ahora bien, considere cómo la misma Atenea, que no es trapacera como los otros dioses, que es insobornable y que hace lo que dice, afirma resueltamente el retorno del ausente y… ¡nada, que siguen dudando!
Don Víctor: ¿Qué fe no abriga alguna duda?, pero ¿qué me dice usted de ese lecho nupcial que Penélope venera y se niega a mancillar con la carne de otro hombre?
Don Hugo: Sí, sí, pero al padre del héroe, el rey emérito Laertes, lo tienen casi como en un lazareto. ¿Le parece a usted que eso es respetar la memoria del hijo?
Don Víctor: No exagere, don Hugo. De lazareto, nada. Se trata de un retiro privilegiado y nutrido de servidores que se deshacen en elogios para con su hijo. Además, su nuera le envía constantemente criados y mensajeros interesándose por su salud.
Don Hugo: A mí, don Víctor, hay algo que me hace dudar de tanta fidelidad, tanta lealtad y tanto amor, y que no puedo quitármelo de la cabeza… Llevo años estudiando todo lo que se escribe sobre Homero y sobre el ciclo en general… ¡y todos callan!
Don Víctor: Y ese misterio al que usted alude, ¿lo silencian o lo ignoran?
Don Hugo: No sé qué responderle, pero mi pregunta es ésta: ¿Cómo es posible que, cuando Ulises vuelve por fin a Ítaca, encuentre a su viejo perro Argos lleno de piojos y abandonado sobre un montón de estiércol?