
Don Hugo: De niño siempre pensé en hacerme misionero como mi tío José Carlos.
Don Víctor: Pero si me contó Dolores que de pequeño era usted un trasto y que siempre estaba castigado en el colegio…
Don Hugo: A los propios curas les asombraba esa contradicción: yo era el más entusiasta en los ejercicios espirituales y el que respondía de manera más certera y sentida a cuantas preguntas de doctrina se me propusieran…
Don Víctor: ¡Quién le iba a ganar, don Hugo, con esa cabeza que usted tiene!
Don Hugo: No, no, que les conmovía mi fe vehemente y sin fisuras.
Don Víctor: Y entonces, ¿por qué era tan revoltoso?
Don Hugo: Yo mismo no me daba mucha cuenta entonces, pero con el paso del tiempo me he recordado muchas veces divertido y halagado al encontrarme expuesto ante mis compañeros, arrodillado con los brazos en cruz y las orejas de burro ceñidas a mis sienes.
Don Víctor: ¿Masoquismo?
Don Hugo: ¡En absoluto, don Víctor! Tenga usted en cuenta que a mí hacer comedias me chiflaba. En el colegio yo siempre me ofrecía para todos los papeles, como el personaje de Bottom en “El sueño de una noche de verano”. Estando castigado, acaparaba la atención de mis compañeros. Ya fuera en lo bueno o en lo malo, el caso era figurar. Y más de un palmetazo me llevé cuando desde mi rincón todavía les hacía reír con visajes y mohines.
Don Víctor: ¿Exhibicionismo, entonces?
Don Hugo: En mi introspección llegué a encontrar una razón más profunda. ¿Qué era el castigo corporal de estar de hinojos con los brazos cargados, qué era la humillación de verse sometido al escarnio público, qué eran las orejas de burro sino la corona de espinas?… Todo sumaba una translación de la Pasión de Cristo a mis circunstancias cotidianas.
Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo, aquello era la culminación de sus ejercicios espirituales!