El toro de Creta

Don Víctor: Conque a sus otros méritos, usted le atribuye ser el primer torero…

Don Hugo: ¿Quién lo va a discutir, don Víctor?… eso dijeron los poetas.

Don Víctor: Sí, pero también que pudo superar otros trabajos gracias a la ayuda inestimable de Atenea. Oiga, que había que ahuyentar a las aves del lago Estínfalo…

Don Hugo: … ahí que estaba Atenea para proporcionarle los címbalos apropiados.

Don Víctor: Que se trata de capturar a Cerbero…

Don Hugo: … enseguida viene la diosa, asesorada por el dios caminero Hermes, para indicarle la ruta de los Infiernos.

Don Víctor: No hizo sino lo que debía cuando consagró las manzanas de las Hespérides a la de los ojos garzos.

Don Hugo: ¡Ya podía estarle agradecido!… como otros héroes. Fíjese en Belerofonte.

Don Víctor: A ver, ¿cómo domamos a Pegaso?

Don Hugo: ¡Marchando unas bridas mágicas de oro!

Don Víctor: ¿Y Perseo?, ¿cómo obligar a las Grayas a que le revelen el camino de las Ninfas y cómo poder cortarle la cabeza a Medusa?

Don Hugo: Un consejo a tiempo: que les sustraiga su único ojo y luego los instrumentos adecuados para la decapitación:  la espada y el escudo espejado.

Don Víctor: Atenea tiene fama de severa y poco sentimental, pero qué duda cabe de que no seríamos sino animales de no ser por la implacable Razón que representa.

Don Hugo: Es la historia que celebran los frisos de los templos griegos: los hechos de los hombres contra los Gigantes, contra los Centauros, contra las Amazonas… en definitiva, la lucha de la civilización por edificarse frente al Caos de la naturaleza que nos devora.

Don Víctor: ¡Lástima, don Hugo, que no nos hayan llegado versos de algún poeta que acaso relatara cómo Atenea prestó a Heracles una muleta mágica con que templar las embestidas del toro de Creta!

Deja un comentario