
Don Hugo: Déjelo usted ya, don Víctor, que eso de la infalibilidad, a estas alturas, me parece que tiene menos interés. Ahora bien, cuánto más no me han gustado los escritos políticos del buen Falkland.
Don Víctor: Yo, desde que leí lo que cuenta de él Chateaubriand…
Don Hugo: ¿Dónde? En “El genio del cristianismo”, desde luego que no…
Don Víctor: No, fue en las “Memorias de Ultratumba”.
Don Hugo: La verdad es que a Chateaubriand le ocurrió lo que a Lord Falkland. ¡Cuánto me alegro de haber sido niño cuando nuestra guerra y así no haber tenido que tomar partido!
Don Víctor: Es verdad, el cortés Falkland se sintió obligado a defender a Carlos I, a sabiendas de que representaba un régimen caduco y que se había convertido en un estorbo para el desarrollo de aquella sociedad.
Don Hugo: Pero, claro, es que no podía aguantar ni a Cromwell ni a sus cabezas redondas, tan puritanos, intransigentes y, en definitiva, tan fanáticos.
Don Víctor: Otro tanto le ocurría al pobre Chateaubriand, cuando participó en la invasión realista de su país encuadrado en el Ejército de los Príncipes, bajo la égida del prusiano Brunswick. No le cabía más que ser leal a su rey y a su estamento, pero admiraba el idealismo y el entusiasmo revolucionario de sus enemigos, aun censurando sus excesos y su zafiedad.
Don Hugo: Al final todavía le fue bien con la Restauración. No así a Falkland, que galopó hasta la muerte en una escaramuza.
Don Víctor: Como dice Rimbaud: “Par délicatesse j´ai perdu ma vie”.