Segunda naturaleza

Don Hugo: Pero dígame, don Víctor, ¿cuál fue exactamente la expresión de Isidro Cuenca?

Don Víctor: Exactamente dijo: “Yo quiero a mi mujer por embalamiento mecánico”. ¿Cómo entender eso, don Hugo?… Yo, por si acaso, no le pregunté más…

Don Hugo: La cosa es meridianamente clara: en primer lugar, Cuenca no puede negar su condición de ingeniero.

Don Víctor: ¡Vaya descubrimiento!

Don Hugo: Déjeme seguir, hombre… Caben dos hipótesis: la primera, de rango sexual, que es para mí la más ajustada a la realidad…

Don Víctor: No, si ya conozco su escuela, don Hugo, pero tratándose de amor, no alegaré.

Don Hugo: … tenga usted en cuenta la pésima dicción de Cuenca y preguntémonos: ¿dijo “embalamiento” o “envaramiento”?… En cualquier caso, como usted bien sabe, ambas consonantes son líquidas e intercambiables; por tanto Cuenca asimila su amor al automatismo clásico de Estímulo-Respuesta. Lo que funcionaba al principio, funciona ya siempre.

Don Víctor: Tanto prosaísmo conviene bien a Cuenca, pero…

Don Hugo: La segunda hipótesis descansa en la ley de la costumbre, o sea en la rutina, que nos obliga a humanos y animales, especialmente domésticos, a repetir gestos, itinerarios y afectos, como si lo mandara la misma Naturaleza.

Don Víctor: ¡La querencia! Es eso de la mula que, dejada a su ser, vuelve siempre a su cuadra.

Don Hugo: Qué duda cabe que la Naturaleza nos extorsiona con la libido, pero no es menos cierto que también nosotros, por la comodidad de no tener que pensar, nos aherrojamos con las costumbres, que pasan a ser nuestra segunda naturaleza.

Don Víctor: ¡Vivan lah caenah

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