La primera sala de cine

Don Hugo: Pues, don Víctor, ¡vaya pregunta!… ¡Quiénes han de ser!… Los Lumière en uno de esos barracones de feria.

Don Víctor: No, don Hugo, antes, antes…

Don Hugo: Pues como no sean los de las linternas mágicas y los panoramas aquellos…

Don Víctor: Va bien, va bien, pero la sala de cine como tal, con su arquitectura y su disposición, ésa es de Wagner…

Don Hugo: ¡Atiza, pero si no había cine entonces, don Víctor!

Don Víctor: … con su ausencia de palcos y un único patio de butacas enfocadas hacia el escenario, el Festspielhaus de Bayreuth constriñe al espectador a mirar hacia adelante.

Don Hugo: Pues es cierto… se acabó el cotillear a los vecinos de enfrente, de arriba, de abajo…

Don Víctor: … con oscuridad total, salvo el escenario…

Don Hugo: … cuando antes la sala permanecía encendida, lo que permitía identificar a esos espectadores que llegaban rezagados en pleno concertante de final de acto, ver cómo se duerme el famoso financiero tras la ingesta de su “sopa caliente, el pavo con trufas y el rico champán”, conjeturar quién será aquella dama a la que todos admiran y nadie conoce y quién el misterioso visitante del palco proscenio…

Don Víctor: ¡De visitas, nada!, que ya no hay pasillo que corte las largas filas de butacas de manera que una vez hecha la oscuridad, no se pueda escapar nadie.

Don Hugo: Entonces, se inventó la sala de cine antes que el propio cine… ¡Qué más hubiera querido Wagner siempre insatisfecho con aquellas puestas en escena que no estaban a la altura de sus acotaciones escénicas ni mucho menos de su música…!

Don Víctor: No sé qué cuentan que le dijo a Nietzsche durante una representación, cuando todavía eran amigos… Espere…

Don Hugo: ¡Ah, sí hombre! “Quítate las gafas, Friedrich. Simplemente escucha y lo verás todo como debería ser”.

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