¿Illica o Giaccosa?

Don Hugo: Que sí, que sí, don Víctor, que usted sería Giaccosa…

Don Víctor: ¡Pero que usted escribe muy bien, don Hugo! ¿A quien le piden siempre el discurso los socios de nuestra Fundación sino a usted, sea o no sea el Presidente, en la comida anual?

Don Hugo: Bueno, don Víctor, pero eso es más bien por mis dotes histriónicas y por los chascarrillos que cuento… En cambio, lo lírico siempre me causa una mezcla de pudor y respeto… Qué quiere que le diga… Lo aprecio y me conmueve, ¡pero no es lo mío!

Don Víctor: Es verdad que quizás usted destaque más en la visión de conjunto, en la estructura, en la eficacia, en la previsión de cómo reaccionará el público, suponiendo que fuera usted libretista.

Don Hugo: Claro, porque Illica era capaz de reducir toda una novela o un drama largo a un texto mucho más corto, que es lo que le exigía Puccini.

Don Víctor: Claro, para dejar sitio a toda su música…

Don Hugo: Simplificaba la acción concentrándola en las escenas y cuadros imprescindibles y, sobre todo, armaba una progresión dramática tal que los momentos culminantes se imponían por sí mismos con efusión arrebatadora.

Don Víctor: Yo le veo a usted pintiparado. ¡Cómo me hubiera gustado ser libretista de Puccini con usted!

Don Hugo: ¡Y a mí, don Víctor, y poder disfrutar luego de sus tiradas de versos tan sensibles, que hacen llorar y ponen la carne de gallina: ese “passo che sfiorava l´arena”, esas “dolci mani mansuete e pure”…

Don Víctor: Ya quisiera yo, don Hugo, poder alumbrar esas bellezas, esa sensualidad pudorosa, ese erotismo acariciante, esos afectos tan tiernos, por mucho que tenga el humor y el picante cuando se trata de mujeres más casquivanas, como la Musetta que “sgonella e scopre la caniglia”.

Don Hugo: Ay, Puccini, Puccini, ¡cuánto se te añora!

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