
Don Hugo: Pero entonces, don Víctor, ¿qué tiene usted que no le veo tan complacido como en otros lugares?
Don Víctor: No, no, si me encanta todo esto, pero… reconózcame usted, don Hugo, que le falta algo de intensidad… todo es bonito y pintoresco, pero un tanto desvaído…
Don Hugo: Sí, lógicamente, Rouen es un poco como esa cocina à l´anglaise.
Don Víctor: eso es, todo cocido… que le cae a uno muy bien al cuerpo… esos potages… esos bouillons…
Don Hugo: … que no son lo mismo que una buena caponata siciliana o unos spaghetti all´Arrabbiata…
Don Víctor: Es como esta plaza… ¿quién podría decir que no sea un encanto?… pero, ¿qué inspira esta armonía tan respetuosa, propia de una burguesía agremiada y circunspecta, comparada con las plazas de Foligno, por poner un ejemplo, que tanto gustaran a Camillo Sitte, con su asimetría, sus edificios de épocas distintas que crean tan bellos contrastes, cada uno con su personalidad y su carácter?
Don Hugo: Si hasta el físico de sus pobladores acompaña: éstos tan bonancibles, incluso herpéticos, de cuerpos tan sólidos y facciones tan dulces, frente a aquéllos de talle cretense y rasgos expresivos…
Don Víctor: Ya sabe usted que yo como bien en todas partes, pero esto se parece a lo que va del queso de vaca al de cabra, con su perfume, con su picante, con su malicia, con su alegría…
Don Hugo: Vamos, don Víctor… ¡que la cabra tira al monte!